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Lo Normal y lo anormal en la Psicología

Hoy más que nunca determinados términos propios del entorno psicológico han pasado a ser de uso general; se han popularizado. Sin embargo, no todos saben identificar apropiadamente lo que es normal o lo que es anormal en el campo de la salud mental. En otras palabras, no es de uso común el manejo de criterios científicos y uniformes para diferenciar una condición psicológica adecuada, óptima y deseable, de lo que sería una condición psicológica inadecuada, alterada, indeseable o perturbada. Si no, piensa por un momento con cuanta ligereza utilizamos calificativos como “loco”, “enfermo mental” o demente”, para referirnos a diferentes condiciones psicológicas o diferentes tipos de patrones conductuales.

Pues bien, que “coloquialmente” no se sepa diferenciar lo “normal” de lo “anormal” en el aspecto psicológico, se debe en gran parte a la dificultad que ha existido para definir tales condiciones. En la psicología, se ha hecho difícil llegar a un claro consenso sobre lo que debemos considerar como “normal” y qué debemos considerar como “anormal”. Pero además, la falta de consenso no acaba allí, pues, es una situación que también se presenta cuando de definir la salud mental se refiere. Incluso, estamos los psicólogos que consideramos inapropiado utilizar el concepto de “salud” o el de “enfermedad” para referirnos a los estados psicológicos o mentales. Para que ustedes conozcan lo difícil que resulta definir la normalidad en la psicología, voy a hablarles de los diferentes criterios de normalidad que se utilizan en las ciencias psicológicas. No hay un criterio único de lo que es normal a la hora de calificar el comportamiento o el estado psicológico de una persona. Se suelen utilizar diversos criterios para establecer, o valorar, que tan normal o anormal es una conducta en particular.

1.      La norma estadística. Según esto, un comportamiento es anormal cuando se desvía del comportamiento típico que observamos en la población en general. Es decir, siguiendo el criterio estadístico, lo “normal” es comportarse como se comporta la gran mayoría de las personas. Así, por ej. No es “normal” caminar por la calle hablando sólo (es decir, la mayoría de la gente no hace eso).

2.      Desviación respecto al funcionamiento ideal. Este criterio toma en cuenta los roles sociales o “papeles” que desempeñamos en la sociedad. Siguendo este criterio, entonces, lo “normal” consiste en comportarnos de acuerdo a la función propia que desempeñamos; cumplir con nuestra función habitual. Por ejemplo: Un maestro debe enseñar (ese es el “funcionamiento ideal” de su profesión) no dormir o tomar el sol durante sus horas de clases.

3.      Criterio sociológico. Este criterio, al igual que el anterior, toma en cuenta la dimensión social de la vida humana. Sólo que, de acuerdo al “Criterio Sociológico”, el comportamiento normal es aquel que satisface lo que está establecido en un determinado entorno cultural; es decir, lo que es adecuado a una determinada cultura. Así por Ej. No se espera, en nuestra cultura, que vayamos a una oficina vistiendo traje de baño o desnudos.

4.      Incapacidad para situarse ante la realidad. En algunos casos, la persona con cierta patología psicológica distorsiona la realidad. Si bien es cierto que todos en algún momento podemos tener una confusión, percibir una ilusión o mal interpretar una situación determinada, a lo que me refiero como “Incapacidad para situarnos ante la realidad” es a una dificultad persistente para captar lo externo. Esta es la diferencia entre cuadros psicológicos como las neurosis y las psicosis. En las neurosis la persona mantiene una relación deformada con la realidad, pero es consciente de tal situación. Por ejemplo, alguien que tiene miedo a volar en avión o a subirse a un ascensor, reconoce su miedo aunque se siente incapaz para solucionarlo. Por otra parte, en las psicósis la persona rompe con su entorno y vive “su propia realidad”. Por ejemplo, puede oír voces o ver figuras que no existen realmente, pero que sí tienen sentido en su “mundo” particular.

5.      Experimentar un malestar subjetivo. Es decir, cuando la persona se siente mal y a disgusto consigo misma y con su contexto. También cuando realizamos comportamientos o tenemos ideas o pensamientos que producen consecuencias psicológicas desagradables: que nos paralizan o bloquean, que nos llenan de angustia o de ansiedad. Ese malestar subjetivo es sinónimo de sentirse mal, de percibirse así mismo como si no estuviese funcionando bien; aunque no sepamos precisar que es lo que está mal.

6.      Pérdida de control y desadaptación. Este criterio es el que nos permite identificar casos en los cuales la persona puede presentar comportamientos que anulen su autonomía y pongan en peligro su vida o la de los demás. Por ejemplo, un drogadicto o una joven anoréxica experimentan tal descontrol en su vida que realizan actos que van contra su propia existencia.

Ahora bien, habiendo conocido los principales criterios que se utilizan en psicología para definir la normalidad y la anormalidad del comportamiento humano, vamos a conocer un poco más sobre lo que es la salud mental. Para comenzar, es oportuno recordar algo que dije más arriba: que algunos psicólogos consideramos inapropiado utilizar el témino “salud” (así como el de “enfermedad”) cuando nos referimos a la conducta o a los estados psicológicos. Básicamente, porque se crea una paradoja con esos términos al aplicarlos a la “mente” que, se supone, es una entidad conceptual, intangible; no es una estructura física como el cerebro o el corazón.

Pero, más allá de esa simple paradoja, el problema más importante es que hablar de salud mental y de enfermedad mental le hace pensar –a quienes no son conocedores de la psicología- que la mejoría de los estados psicológicos anormales consiste en una “cura”, al estilo médico. En otras palabras, se puede llegar a creer que las perturbaciones psicológicas se tratan (o se mejoran) de la manera como sí es posible intervenir en medicina: primero, haciendo una evaluación diagnóstica (o identificando una enfermedad) y segundo, prescribiendo (o recetando) un tratamiento (ya sea farmacológico o quirúrgico). No obstante, la realidad de la gran mayoría de las intervenciones psicoterapéuticas, es que las mismas no se pueden ajustar al modelo médico. Por lo tanto, no siempre son suficientes dos o tres visitas al psicoterapeuta para dar con la solución de un problema; las psicoterapias suelen ser intervenciones prolongadas y periodicas. Pueden durar algunos meses –e incluso años- de visitas constantes a su psicoterapeuta de confianza.

Aunque el uso del término “salud mental” puede resultar controversial, su uso es muy común y, –al menos- en un sentido metafórico o figurado, puede resultar útil para dar a conocer lo que, en un sentido más preciso, se puede llamar “Estado de Bienestar Psicológico” o “Estado Mental Adecuado”.

Pero bueno, más allá de los términos precisos que desde las diferentes escuelas de la psicología se pueden elaborar, ya sea que lo llamemos “salud mental”, “estado de bienestar psicológico” o “estado mental adecuado”, siempre estaremos refiriéndonos a una condición de nuestro ser en la cual predominan pensamientos, sentimientos y conductas Normales. Es decir –y recordando los criterios de normalidad ya mencionados- estar bien psicológicamente es vivir y experimentar pensamientos, sentimientos y conductas con los cuales: 1) no nos desvíamos del comportamiento promedio de la población; 2) estamos dentro de los parámetros de comportamiento que se espera de nosotros, según nuestros roles sociales; 3) no estamos fuera de las normas culturales en las cuales vivimos; 4) estamos interpretando correctamente la realidad; 5) no tenemos un malestar subjetivo, ni nos sentimos disgustados con nosotros mismos o quienes nos rodean; y 6) mantenemos el control sobre nosotros mismos. 

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